TEMA 5.
LA EXPLICACIÓN INTENCIONAL.

Intencionalidad y racionalidad. El modelo clásico de racionalidad. Algunos problemas filosóficos de la Teoría de la Decisión Racional. Otros enfoques: la Teoría de los Roles y la Hermenéutica.

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Intencionalidad y racionalidad.


En las ciencias sociales, la inmensa mayoría de los hechos para los cuales pretendemos encontrar alguna explicación son acciones llevadas a cabo por seres humanos; queremos explicar lo que la gente hace. Estas acciones pueden ser individuales o colectivas, aunque se ha discutido mucho si esta última noción, la de “acción colectiva”, representará algo más aparte de la combinación de las acciones de varios individuos (volveremos a esta cuestión en el capítulo siguiente, y sobre todo en el tema 8). Por ejemplo, podemos intentar explicar por qué declaró Julio César la guerra al Senado de Roma, o por qué los españoles votaron mayoritariamente al Partido Socialista el 14 de marzo de 2004. Sea como sea, el objeto de cada una de las ciencias sociales consiste, por lo general, en una enorme masa de acciones humanas, que esa ciencia debe, en primer lugar, ordenar y clasificar según ciertas categorías, y en segundo lugar, explicar en función de ciertos principios teóricos. La tradición principal de las ciencias sociales se basa en el supuesto de que las acciones de las personas son generalmente el resultado de alguna decisión. Incluso cuando lo que hay que explicar es la falta de acción de un sujeto en una circunstancia determinada -p. ej., no atender una llamada de socorro-, casi siempre lo explicamos como fruto de la decisión de no actuar. Así pues, en muchos casos lo que hacemos, en las ciencias sociales, es intentar explicar por qué la gente toma las decisiones que toma, en vez de otras.

Algunos autores, influidos por las filosofías empirista y positivista, sobre todo a mediados del siglo XX, criticaron esta idea, con el argumento de que las decisiones son acontecimientos esencialmente inobservables (en particular, las decisiones de los demás), y por lo tanto, afirmaban, son imposibles de contrastar empíricamente. Esta postura lleva al desarrollo de varias escuelas, entre las cuales la más famosa fue el conductismo (en Psicología), cuyo ideal era la búsqueda de leyes empíricas que establecieran la conexión entre ciertas situaciones y ciertas acciones, sin necesidad de introducir descripciones de lo que pasaba "dentro de la cabeza" de los individuos. Esta postura ha sido prácticamente abandonada, no solo por las críticas al modelo positivista de la ciencia (rec. tema 1), o porque otras disciplinas también utilizan conceptos no observacionales (quark, gravitón, etc.), sino sobre todo por la escasa capacidad explicativa de las teorías sociales que ignoran radicalmente las decisiones de los sujetos, y por la plausibilidad intuitiva que tiene, para nuestro sentido común, la idea de que los actos de las personas son fruto de "lo que pasa por su mente", a pesar de que las terapias conductistas, con mayor o menor componente cognitivo, y las técnicas de modificación de conducta, son ampliamente utilizadas en la actualidad con notable éxito. Al fin y al cabo, parece que cada uno es consciente de sus propias decisiones, y lo más lógico para él es pensar que los demás seres humanos (al contrario que la mayoría de los animales y que todos los demás seres) también lo hacen. (Tal vez cabría aquí preguntarnos a cerca si ¿somos conscientes de todo lo que hacemos? o ¿tal vez realizamos actos que no han sido decididos? ¿somos el centro de nuestros actos? Freud ya habló sobre esto en sus obras completas citando "tres afrentas al narcisismo humano")
Esto alude a la teoría de la mente, la facultad que tenemos las personas de ponernos en el lugar del otro, y suponer que él piensa de la misma manera que lo haríamos nosotros en su lugar. Incluso lo aplicamos a otros animales, suponemos que cuando algún animal realiza acciones que parecen humanas, su conducta es "racional". Vemos por ejemplo cómo los delfines "educan y regañan" a sus crías si cometen, por ejemplo, "actos peligrosos" como acercarse a las hélices de los barcos, o cómo las orcas obligan a los "pequeños" a vararse para que aprendan a liberarse, o cómo varios grupos de Bonobos engañan a sus congéneres, esconden comida y disimulan su conducta ante los demás miembros del grupo, etc., y suponemos que razonan de manera parecida a como lo hacemos nosotros. Podemos plantearnos pues, si la teoría de la Decisión Racional podría aplicarse a las decisiones que toman estos animales.
Pese a esto, existen en las ciencias sociales varias concepciones distintas acerca de cuál es el modo en que la gente toma sus decisiones, y dedicaremos este capítulo a ofrecer un panorama de las teorías más destacadas sobre esta cuestión.

No entraremos en debate sobre si debatimos o no todo lo que hacemos, pues es una temática que nos llevaría por otros derroteros. Pasamos por tanto a preguntarnos ¿Qué es lo que hacemos, pues, al tomar una decisión? ¿Cuáles son las principales diferencias entre una acción que sea el resultado de una decisión, y un acontecimiento “natural” que no lo sea, una acción mecánica que no hayamos decidido? La diferencia más notable parece ser la de que en el primer caso la acción está originada, de alguna manera, por las creencias y los deseos del individuo, es decir, por la forma en que él percibe la situación a la que se enfrenta, y por la forma en la que él quiere que se transforme dicha situación. La acción sería, por lo tanto, una cierta manera de ajustar las circunstancias a nuestras preferencias. En cambio, en otro tipo de acontecimientos (la lluvia, la fotosíntesis de las plantas, la digestión de los alimentos en nuestro aparato digestivo), diríamos que todo lo que sucede ocurre de forma “mecánica”, en el sentido de que los elementos físicos involucrados en dichos procesos no están organizados de tal modo que haya un pensamiento guiando cada parte del proceso. Como vimos en el tema 3, esta diferencia es un poco engañosa, en la medida en que nos lleve a concluir que nuestras decisiones no son “en el fondo” el resultado de los procesos físico-químicos de nuestro cerebro (el mecanismo neuropsicológico que Antonio Damasio ha denominado "control ejecutivo", un circuito que conecta varias zonas del cerebro desde el lóbulo frontal a los ganglios de la base y en el que intervienen áreas como el córtex cingulado anterior, la formación hipocampal y la amígdala); y, como vimos en el tema 4, al fin y al cabo, muchos fenómenos naturales pueden explicarse a través de algún concepto de finalidad. Pero lo importante es el hecho de que, en la toma de decisiones, nosotros somos conscientes de esa finalidad y de las razones que nos permiten tomarla como un motivo para actuar de un modo u otro. A las acciones voluntarias se les llama también acciones intencionales, puesto que responden a alguna “intención” por parte del sujeto, pero también, y esto es lo más importante desde el punto de vista filosófico, porque las creencias y los deseos que intervienen en el proceso de la toma de decisión son “representaciones” de hechos y entidades externas a la propia mente del individuo (tienen lo que suele llamarse un “contenido semántico” o “intencional”).

La explicación de las acciones tiene que partir, por lo tanto, de algún análisis de las creencias y los deseos, y de la forma en la que éstos están relacionados entre sí y con las acciones. A este tipo de explicación se le conoce como “explicación intencional”. También podemos decir que es el tipo de explicación basado en el principio de que los seres humanos actúan racionalmente. El concepto de “racionalidad” es seguramente el más fundamental en la filosofía de las ciencias sociales, pero también es uno de los más polémicos. De hecho, muchos autores distinguen varios “tipos” distintos de racionalidad, algunos de los cuales iremos presentando a lo largo de este capítulo y los dos siguientes. Tan intensa es la diferencia entre las distintas teorías, que los actos que algunos enfoques consideran como paradigmáticos de la acción racional son calificados más bien como irracionales por otras concepciones. Indicaremos más adelante las principales diferencias entre estos enfoques; ahora vamos a referirnos a algunas dificultades filosóficas que todas ellas comparten.

En primer lugar, el principio de racionalidad afirma que los individuos no son una “mera” marioneta de fuerzas que les determinen “desde abajo” (es decir, según las leyes físicas de los elementos de los que están compuestos nuestros organismos), ni “desde arriba” (es decir, según las leyes que gobiernan las macroestructuras sociales), sino que poseen algún tipo de autonomía, pueden “determinarse a sí mismos”, al modo en el que Descartes aceptaba el comportamiento absolutamente mecánico de la materia, mientras salvaguardaba la posibilidad de tener capacidad de elegir nuestras acciones, ya que la voluntad no estaría sometida a las leyes mecánicas de la materia. Que esto sea compatible o no con el hecho de que estamos efectivamente constituidos por elementos, átomos y moléculas que obedecen “ciegamente” las leyes físicas, lo hemos discutido en el tema 3 a propósito del determinismo, y no insistiremos de nuevo aquí. Pero conviene que reflexione Vd. sobre lo que cree que significa el concepto de “autonomía”, y qué diferencias puede haber entre la autonomía de un individuo y la de un colectivo.

En segundo lugar, podemos discutir la posible coherencia que exista entre las explicaciones intencionales y los otros tipos de explicación científica que hemos analizado en los capítulos anteriores. A primera vista, la explicación intencional puede considerarse directamente tanto como un tipo de explicación teleológica (pues obviamente la acción intencional es acción dirigida a unos fines), como un tipo de explicación causal (en la medida en que consideremos que las decisiones, y los motivos que las producen, constituyen las causas de la acción). De todas formas, esto último puede conducir a algunos problemas. Por una parte, no está claro que las razones sean automáticamente causas (p. ej., puedo tener razones estupendas para hacer una cosa, y a pesar de ello no hacerla); este problema puede resolverse indicando que una razón es una causa ceteris paribus, es decir, suponiendo que ninguna otra causa más fuerte interviene en la situación. Por otro lado, las razones, o los motivos y deliberaciones, son acontecimientos de tipo “mental”, y resulta problemático entender de qué manera puede “lo mental” tener alguna influencia sobre “lo físico” (es decir, sobre la conducta de mi organismo).

Con respecto a la explicación nomológica, el principal problema consiste en determinar cuál es la forma apropiada de representar las leyes que intervendrían en un explanans basado en la explicación intencional. Imaginemos que intento explicar por qué el cartero no ha venido hoy; en el explanas podríamos tener cosas como: “hoy se ha convocado una huelga de trabajadores de Correos”, “el cartero cree que los motivos para la huelga son justos, y no teme las represalias que pueda sufrir si hace la huelga”. Si dejamos la explicación así, resulta que no tenemos ningún enunciado con forma de ley (es decir, que sea una regularidad), sino sólo enunciados singulares; además, sólo a partir de esos dos enunciados no puede deducirse el hecho que queríamos explicar. Lo que falta, por tanto, es alguna “ley” que afirme (o de la que pueda inferirse) algo así como que “todo el mundo que es convocado a una huelga, que no tiene motivos para oponerse a ella, y que tiene motivos para secundarla, la secundará”. Considerado como una “ley”, esto sería (¡en el mejor de los casos!) una regularidad empírica de validez muy restringida; para lograr una auténtica explicación científica necesitamos, en cambio, alguna ley más general, de la que podamos inferir regularidades en muchos ámbitos distintos. Pues bien, el “principio de racionalidad” podría desempeñar ese papel, si lo reformulamos de una forma parecida a ésta: “todos los individuos harán aquello que creen que es más apropiado hacer en cada situación, teniendo en cuenta sus preferencias y su percepción de la situación” (esto es lo que Karl Popper ha denominado “el principio cero de las ciencias sociales”, entendido como un supuesto que, según este autor, debería subyacer a cualquier explicación social).

El principio de racionalidad es una cuestión debatida, algunos afirman que es obviamente verdadero, otros que es obviamente falso, y otros que es infalsable; como nosotros, pero de todos los modos tiene varios problemas. El más grave sea tal vez el hecho de que el “principio de racionalidad” expresado al modo de Popper no es un enunciado empíricamente falsable: en principio, cualquier acción que pudiéramos observar, por muy absurda e “irracional” que pareciese, podría ser compatible con el supuesto de que el individuo ha actuado “racionalmente” (basta con suponer que eso precisamente es lo que quería hacer, o lo que le parecía más apropiado. Podemos introducir una hipótesis ad hoc sobre las preferencias del sujeto para que su conducta parezca racional, adecuada a esas preferencias). Independientemente del valor que demos a esta crítica, resulta al menos curioso que la principal propuesta de Popper sobre la metodología de las ciencias sociales sea contradictoria con su propia recomendación de utilizar únicamente teorías falsables en la investigación científica (recordar tema 1). El segundo problema es que el principio es casi totalmente vacío, pues, como se ve en el ejemplo del cartero en huelga, hace falta bastante más información para pasar del enunciado abstracto del principio de racionalidad a la conclusión referida a un hecho tan específico como por qué un cierto sujeto ha realizado determinada acción; dicho de otra manera, el principio de racionalidad, tal como lo hemos definido, no nos explica por qué ciertas acciones les parecen a ciertos individuos más “apropiadas” que otras. Esta crítica, de todas formas, no es excesivamente grave: al fin y al cabo, la situación es la misma en las propias ciencias naturales, donde existen principios muy generales y abstractos (las leyes de la termodinámica, la segunda ley de Newton, etc.) que sólo pueden generar predicciones concretas cuando les añadimos otras leyes o hipótesis más específicas y numerosas condiciones iniciales, que se apliquen al caso que estemos estudiando. La cuestión importante sería, pues, la de cuáles pueden ser esas “leyes de más bajo nivel” que debamos añadir al principio de racionalidad para obtener explicaciones aceptables de los fenómenos sociales. Posiblemente se trate, en muchas ocasiones, de “mecanismos” como los que comentábamos en el capítulo 3.

Finalmente, indicaremos una diferencia muy notable entre la explicación intencional y los otros tipos de explicación. Se trata del hecho de que, cuando explicamos la conducta de los individuos según las razones que les han llevado conscientemente a actuar así, estamos utilizando la palabra “explicar” en un sentido muy distinto al que tiene cuando decimos que la ley de la gravedad explica las órbitas de los planetas, o que los órganos de los seres vivos deben ser explicados mediante su función biológica. En el caso de la acción intencional, lo que conseguimos cuando la “explicamos” es comprender el sentido que dicha acción tiene para el individuo que la ha llevado a cabo. La explicación intencional consiste, por lo tanto, en comprender la acción “desde el punto de vista” del sujeto (lo cual no significa que la tengamos que aprobar moralmente), algo que es imposible con los fenómenos en los que no interviene una conciencia racional.
Podríamos plantearnos si es autónomo un "sistema" neurofuncional que se retroalimenta recursivamente y del cual emergen nuestras "ideas", "creencias", nuevas "palabras" (recordemos que el lenguaje está "predeterminado" en todos los seres humanos, según demostraron varios autores, como Chomsky, Pinker, ...) y por lo tanto, es un sistema con una "finalidad", seamos o no conscientes de ello (esto es otro asunto, pero también es donde podemos ver la imbricación de lo biológico y lo filosófico).
Por contra, es más difícil hablar de "autonomía" de un colectivo, pues éste al estar formado por una suma de individuos siempre va tener el "hándicap" de las distintas representaciones que cada uno "se hace en su interior", y éstas siempre van a estar condicionadas por las creencias y deseos propios. Sólo se podría considerar una Autonomía de los colectivos respecto a la asunción de unas Normas, impuestas desde arriba, según esas leyes macrosociales que nos gobiernan, pero ante lo cual, ¿no estaríamos hablando también de Determinismo?

El modelo clásico de racionalidad.

Uno de los enfoques sobre la racionalidad más desarrollados es el que se conoce como Teoría de la Decisión Racional, o “Teoría de la Decisión”. Esta teoría tiene la ventaja de que puede ser formulada matemáticamente, lo que permite, por un lado, discutir con precisión su estructura, sus presupuestos y sus implicaciones, y por otro lado, aplicarla a múltiples casos. El carácter matemático de la teoría la ha hecho especialmente adaptada a la ciencia económica, que es la rama de las ciencias sociales donde la Teoría de la Decisión Racional se ha aplicado más intensamente y donde ha encontrado menos oposición por parte de otros enfoques. De todas formas, como veremos, la teoría tiene algunos aspectos que pueden ser razonablemente criticados.

El núcleo básico de la Teoría de la Decisión es, en primer lugar, la descripción de las situaciones a las que se enfrentan los individuos, así como de sus preferencias y sus creencias, de la forma más clara posible. Y en segundo lugar, la suposición de que estas creencias y preferencias son internamente coherentes, y coherentes con las acciones elegidas por los sujetos. Explicaremos esto con más detalle.

Con respecto a la situación, la representaremos indicando las diferentes opciones o alternativas que tiene el individuo (se trata, por supuesto, de las opciones que el individuo cree que tiene, aunque en general se asume que conoce todas las alternativas posibles); estas opciones serán incompatibles entre sí (es decir, el sujeto no podrá elegir más de una), y deben estar representadas todas las opciones posibles (es decir, el sujeto tendrá que elegir necesariamente alguna).

Las preferencias de los individuos no están definidas directamente sobre las opciones, sino sobre los resultados que se obtienen con cada posible elección. En el caso más sencillo, cada una de estas opciones conducirá a un resultado conocido de antemano por el sujeto (por ejemplo, ducharse con agua caliente, con agua fría, o no ducharse), y entonces podremos identificar opción y resultado en las preferencias de los individuos. Debemos tener en cuenta que el gusto o la molestia que le pueda causar al agente inmediatamente la propia realización de la acción, lo hemos de contar ya entre los “resultados” de la decisión.

De todas formas, lo normal será que el sujeto no sepa con total certeza qué resultado es el que va a ocurrir con cada una de sus posibles decisiones. Esto quiere decir que cada decisión tendrá generalmente más de un resultado posible. Además, en muchos casos el resultado de una decisión será una nueva situación en la que el individuo se vea obligado nuevamente a elegir entre varias alternativas (no necesariamente las mismas que antes). A la descripción de estas cadenas de opciones, decisiones y resultados, se le llama “árbol de decisión”, aunque también suele representarse en forma de tabla, indicando en las filas cada una de las alternativas entre las que el sujeto debe elegir (si sólo tiene que hacerlo una vez, o cada posible combinación de alternativas, si tiene que hacerlo varias veces), e indicando en las columnas cada una de los posibles combinaciones de factores independientes de la propia decisión y que pueden afectar a los resultados (a cada una de estas combinaciones posibles de “otros factores” se le llama “estado de la naturaleza”, aunque puede incluir acciones realizadas por otros individuos).

En la figura 5.1 tenemos un ejemplo. Imaginemos que Juan está pensando si ir esta tarde al fútbol o al cine; un factor que puede tener en cuenta para decidirse es la posibilidad de que llueva (supongamos que el estadio no tiene techo); en la primera parte de la figura tenemos el árbol de decisión: en los nodos señalados con su nombre, Juan debe decir, primero, si va al cine o al fútbol, y en segundo lugar, si ha ido al fútbol, en caso de que llueva tendrá que decidir si se queda en el estadio o se marcha. Los resultados que obtiene en cada caso los representamos como a, b, c o d, y supondremos que c es el resultado menos preferido (quedarse en el estadio bajo la lluvia), b el segundo menos preferido (marcharse del estadio si llueve), a el tercero (ver la película, para lo cual no afecta la lluvia) y d el más preferido (ver el
fútbol sin mojarse). En la segunda parte de la figura se representa la tabla correspondiente: en las filas están cada una de las posibles estrategias de Juan (es decir, cada posible serie o combinación de decisiones), y en las columnas los llamados «estados de la naturaleza» (es decir, aquellos factores cuya ocurrencia no depende de las decisiones de Juan; en este caso, que llueva o no llueva, aunque también podríamos tener el resultado del partido de fútbol, o lo buena que es la película —en este caso, cada columna tendría que incluir una posible combinación de todos los factores que se tienen en cuenta; p. ej., una columna sería «llueve, la película es mala, y el equipo favorito de Juan pierde», otra columna sería «llueve, la película es mala, y en el partido hay empate», etc.).

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Figura 5.1

La Teoría de la Decisión Racional es, como toda teoría, no sólo un marco que nos permite describir la realidad, sino un conjunto de hipótesis sobre cómo están relacionadas las cosas entre sí. Pues bien, el principal supuesto de la teoría es el de que los individuos elegirán en cada caso aquella alternativa que sea más coherente con la máxima satisfacción posible de sus preferencias. Dicho de otra manera, una vez tomada una decisión, los individuos no podrán encontrar después razones para pensar que (dada la información que poseían en aquel momento) habría sido mejor para ellos elegir una opción diferente. Por supuesto, es posible que después encuentren nueva información, que les revele que otra de las alternativas era mejor para ellos, pero lo importante es que, en cada caso, se tome la decisión que es la mejor según la información disponible. Ahora bien, ¿qué significa exactamente que una opción sea “la mejor”? Para que este concepto tenga un sentido claro es necesario que las preferencias de los individuos cumplan al menos dos requisitos: 1) deben ser completas: para cualquier par de resultados, a y b, o bien el individuo prefiere a, o bien prefiere b, o bien es indiferente entre los dos (es decir, no puede suceder que el sujeto no sepa si prefiere a o b, o si ambas cosas le dan igual); 2) las preferencias deben ser transitivas: si un individuo prefiere a a b, y prefiere b a c, entonces preferirá necesariamente a a c.

Para entender por qué son razonables estos dos supuestos, imaginemos lo que sucedería si no se cumplieran. Respecto al primero, será incluso difícil pensar cómo podría tomarse racionalmente una decisión entre varias opciones si no están definidas las relaciones de preferencia entre ellas (nótese que, si no se cumple la condición 1, ni siquiera estaría determinado si las dos opciones son igual de valoradas). Respecto a lo segundo, consideremos este ejemplo: una persona está jugando en un concurso, cuyos posibles premios son un viaje, una moto, o un equipo de TV, y que el sujeto prefiere el viaje a la moto (es decir, si tuviera que elegir entre ambas cosas, elegiría el viaje), prefiere la moto al equipo de TV, pero prefiere el equipo al viaje. Esta persona no tendría un argumento claro para elegir un premio entre los tres (aunque, para cualesquiera dos premios, sí tiene claro cuál elegir).

Por argumentos parecidos, aunque más complejos matemáticamente, puede mostrarse que la probabilidad de los posibles resultados de las acciones de los individuos racionales basados en creencias, deben satisfacer los axiomas de la teoría de la probabilidad. Esto significa que dichas creencias deben poder expresarse de forma numérica (para cada posible resultado de elegir una alternativa, la probabilidad de dicho resultado debe ser un número comprendido entre 0 y 1, pues las probabilidades se expresan en tantos por ciento; p. ej., 70 % es setenta dividido entre cien, o sea, 0,7), la probabilidad de que se den dos resultados a la vez debe ser 0 (pues los resultados son incompatibles entre sí, solo puede haber un resultado), la probabilidad de que se dé un alguno de un conjunto de resultados es igual a la suma de las probabilidades de cada uno, y la probabilidad de que se dé algún resultado será igual a 1. Además, la probabilidad con la que un individuo cree que sucederá cierto resultado si toma cierta decisión, no puede ser una probabilidad cualquiera, sino que debe ser consistente con toda la información de la que el sujeto dispone en ese momento.

Se debe al matemático James Savage la demostración del teorema fundamental de la Teoría de la Decisión, que afirma que, si la conducta de un individuo es “racional” (en el sentido de que sus decisiones no pueden llevarle a situaciones en las que necesariamente saldría perdiendo), entonces se cumplirán las siguientes consecuencias:

1) las preferencias del sujeto se podrán representar mediante una función numérica, u, tal que, si a y b son dos resultados posibles, el sujeto preferirá a a b si y sólo sí u(a) > u(b), y será indiferente entre los dos resultados sí y sólo sí u(a) = u(b); a esta función u la llamaremos “función de utilidad”;

2) las creencias del sujeto se podrán representar mediante una función de probabilidad p (la expresión “p(a/x)” significa la probabilidad de que se obtenga a, supuesto que se ha hecho x);

3) en cada situación, el sujeto elegirá aquella opción x para la que sea máximo el valor de la utilidad esperada, definido como sigue: si a1, a2, ..., an son los posibles resultados de x, la utilidad esperada de x será igual a

u(a1)p(a1/x) + u(a2)p(a2/x) + ... + u(an)p(an/x)

p(a1/x) + p(a2/x) + ...+ p(an/x)

(El denominador es igual a 1)

Es decir, la utilidad esperada de x es la media ponderada de las utilidades de todos los resultados a los que puede conducir x, siendo la ponderación de cada resultado igual a su probabilidad. Si interpretamos estas probabilidades como frecuencias (o, más bien, como hipótesis que hacen los sujetos sobre la frecuencia con la que ocurriría cada resultado si la decisión pudiera ser tomada en las mismas circunstancias innumerables veces), entonces el concepto de utilidad esperada significa que, si se toma la decisión x, se obtendrá la utilidad u(a1) con una frecuencia igual a p(a1/x), la utilidad u(a2) con una frecuencia p(a2/x), etc.

La figura 5.2 reproduce el árbol y la tabla de decisión de la figura 5.1, pero indicando numéricamente las utilidades (números que simplemente expresan un orden, por ejemplo, en la figura 5.2 asignamos 8, 5, 2 ,1 simplemente para expresar la gradación de nuestras preferencias pero pudo ser también 4,3,2 y 1) y las probabilidades. Las opciones que Juan debería elegir para actuar racionalmente corresponden, en este caso particular, a ir al fútbol y marcharse si llueve, pues la utilidad esperada es entonces de 6,5; la estrategia de ir al fútbol y quedarse si llueve le da, en cambio, una utilidad esperada de 6,25, mientras que la de ir al cine le da una utilidad de 5 (en este caso, es una utilidad segura, pues obtendrá un valor de 5 tanto si llueve como si no). Puede Vd. intentar ver qué ocurre cuando las probabilidades de los dos estados de la naturaleza cambian (recuerde que la suma de las dos siempre tiene que ser igual a uno); por ejemplo, ¿qué probabilidad de lluvia tendría que haber para que a Juan le diera igual ir al fútbol que al cine, es decir, para que la utilidad esperada de la segunda columna fuera también igual a 5 (la de la tercera columna será siempre menor, pues, si llueve, prefiere marcharse a quedarse)? ¿Qué pasaría si las utilidades correspondientes a cada casilla cambiaran? ¿Y si incluyéramos más alternativas en el estado de la naturaleza; p. ej., que la película fuera «buena» o «mala»?

Figura 5.2.(A y B)
Figura_5.2.png


Algunos problemas filosóficos de la Teoría de la Decisión Racional.


Vamos a discutir a continuación algunos problemas filosóficos que plantea la Teoría de la Decisión Racional. En primer lugar, el hecho de que las preferencias de un sujeto racional tengan que poder ser expresadas mediante una función numérica, ¿significa algo así como que las preferencias se pueden medir como si fueran una magnitud física? Esto no es necesariamente así; lo único que afirma el teorema de Savage es que, si las decisiones son racionales, habrá al menos una función u que satisfaga la condición 1, pero puede haber varias, y ninguna de ellas tendrá por qué ser más “correcta” que las demás. En el caso de que el individuo esté seguro de las consecuencias que tendrán sus decisiones (de modo que podamos olvidarnos de las probabilidades, pues todos los resultados que puedan darse tendrán probabilidad igual a 1, y los que no puedan darse, probabilidad igual a 0), en este caso, lo único que exige la condición 1 es que, si el sujeto prefiere a a b y b a c, p. ej., entonces la función de utilidad u que eligamos debe ser tal que u(a) > u(b) > u(c). ¡Pero esto puede ser válido tanto si u(a) = 10, u(b) = 5 y u(c) = 1, como si u(a) = 200, u(b) = 3 y u(c) = 2! Ninguna de las dos situaciones es más apropiada que la otra en este caso, pues las dos cumplen el requisito necesario: ordenar los resultados del más preferido al menos preferido.

Ahora bien, cuando la situación es de incertidumbre, y por lo tanto sí que hemos de tener en cuenta las probabilidades, la conclusión es distinta. Imaginemos que el sujeto tiene que decidir bien el resultado b, o bien aceptar un sorteo entre los resultados a y c; supongamos también que podemos ir variando a nuestro gusto la probabilidad con la que se obtienen a o c en ese sorteo. El sujeto se enfrenta, pues, a una elección entre obtener u(b) con seguridad, u obtener la utilidad esperada del sorteo, igual a u(a)p(a) + u(c)p(c). Supongamos, como antes, que u(a) > u(b) > u(c), y sea p(a) = 0,9. En este caso, la utilidad esperada del sorteo es 0,9u(a) + 0,1u(c), que puede ser mayor o menor que u(b). Si es mayor, podemos ir disminuyendo la probabilidad de a (aumentando con ello la de c) hasta que u(b) = u(a)p(a) + u(c)p(c) (en cuyo caso, el sujeto será indiferente entre b y el sorteo), lo que necesariamente se cumplirá para algún valor de p(a) mayor que 0 (y, por tanto, un valor de p(c) menor que 1) pues cuando p(c) = 1, la utilidad esperada del sorteo será igual a u(c), que hemos supuesto que era menor que u(b). Supongamos que la igualdad se cumple para p(a) = 0,4. Entonces, u(b) = 0,4u(a) + 0,6u(c). Ahora bien, u(b) = 0,4u(b) + 0,6u(b), y por lo tanto, 0,4u(a) + 0,6u(c) = 0,4u(b) + 0,6u(b), de donde podemos deducir que

La conclusión de este razonamiento (esperamos que no demasiado tortuoso) es la siguiente: las preferencias del sujeto de nuestro ejemplo no podrán ser representadas por cualquier función u que cumpla la condición de que u(a) > u(b) > u(c), sino sólo por funciones que cumplan, además, la condición de que la proporción entre la diferencia de utilidad entre a y b, y la diferencia entre la utilidad de b y c, sea exactamente igual a 1,5. Puede demostrarse que, si una función u representa correctamente las preferencias de un individuo racional, entonces también lo harán aquellas funciones v (y sólo aquellas) tales que existan dos números A y B (el primero de ellos mayor que 0) para los que se cumpla que v(x) = Au(x) + B, para cualquier resultado x (estas funciones v son las “transformaciones lineales” de u). ¿Significa esto que la utilidad es una magnitud cuantitativa, como la masa o la longitud? No, porque en el caso de estas magnitudes tenemos una restricción adicional: si la función m mide correctamente la masa o la longitud de los objetos (p. ej., m(x) puede ser la masa de x en kilogramos, o su longitud en centímetros), entonces la función m’ la medirá también correctamente si y sólo si m(x)/m(y) = m’(x)/m’(y) para cualesquiera objetos x e y (p. ej., m’ puede ser la masa en libras, o la longitud en pulgadas). Esta condición equivale a presuponer que las afirmaciones del tipo “la masa de este objeto es cuatro veces igual a la masa de este otro objeto”; y esta condición no es necesario que la cumplan las funciones de utilidad (no tiene sentido afirmar “esta cosa me gusta cuatro veces más que aquélla”). En cambio, las condiciones formales que deben satisfacer las funciones de utilidad coinciden, curiosamente, con las que deben satisfacer las funciones de temperatura (salvo las de temperatura absoluta): podemos elegir el 0 de la escala en el punto que queramos (esto equivale a la elección del número B citado más arriba), y también podemos elegir el “tamaño” que queramos para los grados (esto equivale a la elección del número A), siempre que las proporciones entre las diferencias de temperatura sean constantes (p. ej., si medimos la temperatura en Valencia y en Granada y la expresamos en grados Celsius, puede que resulte que la primera sea 1,3 veces la segunda, pero eso dejará de ser verdad si expresamos ambas temperaturas en grados Farenheit; pero si decimos que la proporción entre la diferencia de temperatura entre Valencia y Granada, y la diferencia de temperatura entre Sevilla y Ávila, es de 2,6 cuando expresamos estas temperaturas en grados Celsius, entonces esa proporción entre las diferences tendrá que ser necesariamente de 2,6 también si las expresamos en grados Farenheit). Naturalmente, cabe plantear la cuestión de si este requisito no será demasiado fuerte: ¿puede realmente determinarse con tanta precisión la intensidad de nuestras preferencias (o, al menos, las diferencias de intensidad)? Tal vez los seres humanos de carne y hueso no seamos capaces de tomar decisiones de forma tan coherente como supone el modelo clásico de racionalidad, pero esta cuestión la dejaremos sólo planteada ahora, pues volveremos a ella en el tema 7.

Otro problema filosófico importante de la Teoría de la Decisión es la de cuál es la propia naturaleza de esta teoría: ¿se trata de un conjunto de hipótesis empíricas, cuya validez habría que determinar mediante la contrastación de sus predicciones con la experiencia? Por un lado, a menudo los críticos de la teoría señalan a sus “fallos empíricos” como una razón para no aceptarla: especialmente en algunas situaciones experimentales diseñadas para poner a prueba la teoría, los sujetos parece que no eligen de forma coherente con aquellas hipótesis, sobre todo cuando la situación exige tener en cuenta probabilidades. Los estudios psicológicos parecen sugerir más bien que los procedimientos mediante los que los individuos toman sus decisiones no pueden ni siquiera ser expresados en los términos de la Teoría de la Decisión: en lugar de meras preferencias por los resultados, creencias sobre la probabilidad de cada posible suceso, y cálculo de la utilidad esperada de cada alternativa, los sujetos suelen emplear mecanismos de razonamiento (“heurísticas”) de carácter más bien cualitativo, que, aunque no garantizan obtener un resultado óptimo todas las veces, por lo menos funcionan relativamente bien en un gran abanico de situaciones (cf. tema 7). Por otro lado, los defensores del valor empírico de la teoría argumentan que, aunque no sea una descripción exacta de los procedimientos reales de toma de decisiones, la Teoría de la Decisión Racional genera predicciones bastante correctas en muchos casos, sobre todo en aquellas situaciones (p. ej., en la economía de mercado) donde la presión competitiva entre los individuos es tan fuerte que, si alguno de ellos se comporta sistemáticamente en contra de los postulados de la Teoría, se verá forzado a cambiar de estrategia, o será expulsado por los demás competidores.

Ahora bien, también es posible defender la Teoría de la Decisión con el argumento de que con ella no pretendemos hacer una descripción del comportamiento real de los individuos, sino tan sólo averiguar cuál sería la forma ideal de ese comportamiento. Según esto, no se trataría de una teoría empírica (descriptiva o explicativa), sino más bien de una teoría normativa, que nos dice cómo deben actuar los individuos si quieren satisfacer sus preferencias. La cuestión no sería, por lo tanto, si de hecho los sujetos se comportan o no de acuerdo con los postulados de la Teoría de la Decisión, sino simplemente que quienes no lo hagan, actuarán de modo irracional; lo cual quiere decir, como hemos visto, que estos sujetos tenían alguna alternativa que habría sido mejor para ellos, una alternativa que, dada la información que tenían en el momento de tomar la decisión, podían haber identificado “fácilmente”.

Esta última expresión la hemos puesto entre comillas porque, obviamente, puede parecer que el realizar los cálculos exigidos para encontrar la opción que maximiza el valor de la utilidad esperada en cada situación, es algo que no está al alcance de todo el mundo; y si no fuese cierto que un sujeto tiene la capacidad de averiguar cuál es esa opción, entonces ¿cómo podemos afirmar que debería haberla elegido? Los defensores del enfoque clásico de la racionalidad responden que esta teoría no pretende describir los procesos cognitivos que tienen lugar realmente en los cerebros de las personas. Es decir, la teoría no afirma que el procedimiento psicológico real por el que los sujetos racionales consiguen encontrar la alternativa óptima sea precisamente calculando la utilidad esperada de cada alternativa. Lo que la teoría dice sería, tan sólo, que sean cuales sean esos procedimientos cognitivos, los sujetos que actuarán racionalmente serán los que usen mecanismos de deliberación que les conduzcan a decisiones que maximicen la utilidad esperada. Aunque, frente a esta respuesta, parece lógico formular la pregunta de cuáles pueden ser esos procesos cognitivos.

Otra cuestión relevante desde el punto de vista filosófico es la de cuál es la naturaleza de las “preferencias” o de la “función de utilidad” de los individuos. Por una parte, se ha criticado frecuentemente el enfoque clásico con el argumento de que esta teoría representa a los seres humanos como preocupados únicamente por la maximización de “su propio” bienestar. Esta crítica es sólo parcialmente válida: es cierto que en muchas aplicaciones concretas de la teoría, se supone que los individuos intentan maximizar su renta, o su nivel de consumo, o los beneficios de sus empresas, y eso es justificable en la medida en que, empíricamente, podamos justificar que ese supuesto simplificador es relativamente aproximado a la verdad; pero la Teoría de la Decisión, entendida como un marco teórico general, solamente presupone que cada individuo tiene algunas preferencias bien definidas, y no hace absolutamente ninguna afirmación acerca de cuál sea el contenido de esas prefererencias; por así decir, ése es un problema de los sujetos: algunos preferirán la opción a a la opción b porque la primera les proporcione más renta, y otros preferirán la segunda opción porque sea más coherente con sus principios morales. Ambos tipos de preferencia son igual de válidos para la Teoría de la Decisión, con el único límite de su coherencia interna, y de la coherencia de los individuos con la optimización de dichas preferencias.

Por otro lado, un problema realmente serio es el de cómo averiguar cuáles son las verdaderas preferencias de los sujetos, cuál es su verdadera función de utilidad. Y , de nuevo, cabría preguntarnos previamente si ¿sabemos todo lo que queremos? Para tener preferencias sobre algo ¿no deberíamos saber qué queremos para poder preferir una opción a otra?.
En muchos casos, al aplicar la Teoría de la Decisión simplemente hacemos una hipótesis acerca de dichas preferencias; esta hipótesis nos sirve para hacer predicciones sobre la conducta de los individuos, y luego habrá que contrastar dichas predicciones con la conducta realmente observada. Pero, por el ya conocido problema de Duhem, si estas predicciones fallan, ¿será porque nos hemos equivocado al imaginar cierta función de utilidad, o será porque los sujetos no siguen realmente el principio de maximización de la utilidad esperada (o tal vez por ambas cosas)? Afortunadamente para la Teoría, las predicciones son correctas en bastantes casos, con lo que los críticos se verán obligados a presentar otras teorías alternativas que tengan al menos el mismo grado de éxito con sus propias predicciones. Esta situación es ventajosa para la Teoría de la Decisión Racional en la medida en que, al estar formulada matemáticamente, es mucho más fácil generar predicciones específicas a partir de ella, que a partir de otras teorías que se expresan en un marco puramente cualitativo.

Como decíamos al principio de este apartado, el modelo de racionalidad de la Teoría de Decisión ha sido desarrollado principalmente en el seno de la ciencia económica, aunque hay muchos autores que han intentado aplicarlo también a terrenos tradicionalmente considerados “sociológicos”. Los principales defensores de este enfoque (a menudo calificado como “el imperialismo de la economía”) son el economista Gary Becker y el sociólogo James Coleman, de la Universidad de Chicago.


Otros enfoques: la Teoría de los Roles y la Hermenéutica.


La Teoría de la Decisión Racional constituye una posible vía para desarrollar la idea, mencionada al principio de este capítulo, de que la explicación de las acciones humanas debe basarse fundamentalmente en la comprensión de las intenciones de los agentes. Pero no es la única vía posible: al contrario que en el caso de la economía, en las otras grandes “ciencias sociales” (la sociología y la antropología) se ha preferido habitualmente un enfoque completamente distinto, más cualitativo y menos susceptible de desarrollo matemático. Se trata de la llamada “Teoría de los Roles” (“rol” significa, en francés, un “papel” en una obra dramática). Según esta teoría, el orden social (no las leyes que han sido impuestas en una sociedad, sino la estructura que nos permite comprender el funcionamiento de esa sociedad) consiste básicamente en un conjunto muy amplio de posiciones sociales mutuamente relacionadas e interdependientes. Cada una de estas posiciones está asociada a un conjunto de expectativas normativas por parte de los agentes que ocupan las otras posiciones (o los otros individuos que ocupan la misma posición): los agentes esperan que quien ocupa una determinada posición actúe de una manera determinada cuando se dan tales y cuales circunstancias (esto es lo que significa el término “expectativas”), y además, están dispuestos a sancionar de algún modo a quien no se comporte de acuerdo con las expectativas asociadas a su posición (eso es lo que hace que las expectativas sean “normativas”). Dicho de otro modo, para cada posición, los agentes que la ocupan “deben” comportarse de cierta forma. La especificación de estos deberes es lo que constituye el “rol” asociado a cada posición. Un conjunto de posiciones relacionadas de forma sistemática y que, en conjunto, desempeñan una función determinada dentro de cierta sociedad, constituyen una institución. Y cada sociedad constituiría, de este modo, un conjunto de instituciones mutuamente interconectadas y que, en cierta medida, forman una unidad autónoma (relativamente independiente de otras sociedades; esta definición, de todas formas, hace bastante problemático determinar los límites de las diversas “sociedades” en un mundo en el que, como ocurre actualmente, cada “sociedad” está fuertemente conectada con muchas otras).

Conviene insistir en que los “deberes” incluidos en un rol no se corresponden necesariamente con las leyes de la sociedad a la que las posiciones pertenezcan. A menudo no hay ningún código escrito, u oficialmente sancionado de cualquier otra forma, que determine qué es lo que se espera que haga la persona que ocupe cierta posición. Es más, muchas veces lo que “se espera” que una persona haga puede ser incluso contrario a las leyes vigentes. Por otro lado, tampoco pueden identificarse estas expectativas normativas con la idea del “deber moral”: también puede uno fácilmente sentir que lo que “se espera” de él que haga es profundamente inmoral. Así pues, las “expectativas normativas” son más bien un determinado consenso (no necesariamente entre todos los miembros de la sociedad) acerca de qué formas de conducta son reprobables (o, por el contrario, elogiables) en cada circunstancia socialmente definida.

Ahora bien, resulta conveniente recordar que en el fondo de la distinción entre estas diferentes opciones, a veces interviene una oposición más radical. En muchas ocasiones utilizamos la noción de «comprensión» como opuesta a «explicación», pero simplemente con la idea de establecer algún tipo de explicación intencional que tenga en cuenta los intereses, aspiraciones, intenciones de los agentes para obtener el fin previsto. Pero hay otra línea que mantiene lo irreductible de la comprensión porque la investigación social tendría que preocuparse por la interpretación de las prácticas humanas que están dotadas de significado. Como señala von Wright: «La explicación supone identificar causas generales de un acontecimiento, mientras que la comprensión supone descubrir el significado de un acontecimiento o práctica en un contexto social particular». Una buena parte de la ciencia social se plantea con frecuencia como el intento de reconstruir el significado de las prácticas y estructuras sociales. Esta es la razón por la cual este tipo de orientación se encuentra en la cercanía de lo que podemos llamar «hermeneútica». Los fenómenos sociales aparecen como «textos» que tienen que ser analizados mediante la reconstrucción atenta del significado de los diversos componentes de la acción social. Esta es una posición que puede verse defendida claramente por filósofos como Charles Taylor quien defiende que las ciencias sociales deben seguir la senda interpretativa y hermeneútica.
Como señala David Little en un buen resumen sobre el programa interpretativo para las ciencias sociales, esta orientación se caracteriza por considerar que:

«Las acciones individuales y las creencias solamente se pueden comprender mediante un acto de interpretación, por el cual el investigador intenta descubrir el significado de las acciones o creencias del agente. Hay una diversidad radical entre las culturas por lo que se refiere a la manera en que se conceptualiza la vida social y estas diferencias dan lugar a diversos mundos sociales. Las prácticas sociales (la negociación, el prometer, el trabajo, el cuidado de los hijos) se constituyen mediante los significados que les atribuyen los participantes. No hay "hechos brutos" en la ciencia social, hechos que no se remitan a significados culturales específicos».

Queda así muy claro que se trata de plantear que todas las ciencias sociales son radicalmente hermenéuticas y que si el científico social no consigue ofrecernos ese tipo de comprensión no estará (de acuerdo con esta orientación) obteniendo un resultado adecuado. En esta misma dirección se insertan los trabajos de un antropólogo contemporáneo de primera fila, Clifford Geertz, que se puede considerar como uno de los más destacados defensores de un cierto tipo de antropología interpretativa. Precisamente ha sido estudiado en otras materias y puede ser un buen ejercicio el realizar un trabajo de análisis crítico sobre esa orientación, cómo se relaciona y cómo se distingue de las orientaciones cercanas al materialismo cultural del tipo de Marvin Harris. La polémica está servida.
Si la Teoría de la Decisión Racional ha sido habitualmente vista con buenos ojos por los filósofos de orientación «analítica», «empirista» o «positivista» (sobre todo por su aparente capacidad de transferir a las ciencias sociales la metodología matemática y experimental de las ciencias naturales), la Teoría de los Roles ha gozado de más simpatías entre otras corrientes filosóficas (las que los anglosajones denominan «continentales»), como la hermenéutica (Dilthey, Gadamer, ...), la fenomenología (Husserl, Merleau-Ponty), el existencialismo (Heidegger, Ortega, Sartre, etc.), el estructuralismo (Levy-Strauss, Foucault, ...), el marxismo (Bloch, Habermas) y el deconstruccionismo (Derrida, Deleuze, etc.). Salvando todas las grandes diferencias que puede haber entre estos autores y enfoques filosóficos (de los que no pretendemos haber dado aquí una «clasificación»), un punto que, en nuestra opinión, suelen tener en común es la idea de que las realidades «humanas» son accesibles para nuestro conocimiento a través de algún método diferente a los que se utilizan en las ciencias de la naturaleza. En éstas, el objeto del conocimiento es una realidad «externa»,cuyas cualidades sólo podemos determinar «objetivamente» mediante su manipulación física (experimentos, mediciones) y mediante la construcción de modelos mentales abstractos, fruto de nuestra imaginación. En cambio, en las «ciencias humanas» tendríamos algún método de «acceso a la realidad» más directo, una especie de comprensión intuitiva de los significados. El problema es que hay tal vez muchas opiniones contradictorias acerca de cuál puede ser este «método especial»; una de las respuestas más habituales es la que lo identifica con la hermenéutica; originalmente, este concepto designaba la técnica de interpretación de textos, en especial la de los libros sagrados, y, en general, la de textos antiguos, con cuyos autores no podemos «dialogar»; Dilthey (segunda mitad del XIX) lo generalizó como un método para las «ciencias del espíritu» en general, y las "ciencias historicas" en particular, y más recientemente, Gadamer y sus seguidores (años 60) lo propusieron como el método general para la mutua comprensión de los seres humanos y sus productos, considerando que los «prejuicios» de cada uno son tanto lo que permite iniciar ese proceso de comprensión como lo que determina sus límites.

En relación a esto último es importante señalar dos cosas: primera, no sólo se trata de que los «científicos sociales» (o los filósofos) tienen un «acceso privilegiado» a la realidad que estudian (en relación con los científicos naturales), sino que las propias realidades sociales o culturales están constituidas gracias a la capacidad de las personas para comprender sus propias acciones y las de los otros; la realidad social y cultural, al contrario que la «naturaleza», está formada por «significados», «creencias», «valores», «subjetividad», etc., entidades que son por completo incomprensibles desde una metodología que las tome como «meros hechos objetivos», hacia los que hubiera que mantener una actitud «neutral», «libre de valores». Segunda, estas corrientes de pensamiento no infieren a partir de aquí, de todas maneras, que la visión que tienen «las personas corrientes» de su situación y de la realidad social en su conjunto sea una visión necesariamente «correcta»; más bien, el papel de los filósofos, sociólogos, antropólogos, etc., sería el de descubrir la «verdadera» estructura de esas realidades, la forma como las instituciones sociales influyen sobre las percepciones y valores de unos sujetos, y viceversa, o tal vez el objetivo sea mostrar la absoluta inexistencia de algo así como una «estructura verdadera de la realidad social», pese a las apariencias.

Conceptos fundamentales.


Intencionalidad: El concepto de intencionalidad se usa en filosofía con dos significados diferentes, aunque relacionados. Primero, algo es «intencional» en el sentido de que se lleva a cabo o existe por una cierta finalidad (en general consciente) por parte de algunos sujetos. Segundo, algo puede ser «intencional» en el sentido de que «apunta» a una realidad diferente; en este último sentido hablamos de la intencionalidad del pensamiento o de los estados mentales, que casi siempre se refieren alguna cosa distinta de ellos (cuando pienso, deseo, percibo, recuerdo, etc., siempre pienso, deseo, percibo, o recuerdo algo).

Racionalidad: En sentido general, es la capacidad que los seres humanos poseemos de orientar nuestros actos según las conclusiones de un razonamiento.
Como puede comprobarse en este capítulo y en los siguientes, hay una gran diversidad de concepciones filosóficas acerca del sentido más específico en el que puede entenderse el concepto de racionalidad.

Utilidad: En el lenguaje de la Teoría de la Decisión Racional, se llama «utilidad» a una función matemática que representa numéricamente las preferencias
de un individuo. La «utilidad esperada» es una media ponderada de los diversos grados de utilidad que el agente puede obtener si lleva a cabo cierta acción, tomando como ponderaciones en el cálculo de esa media la probabilidad que el agente cree que tiene de obtener cada resultado posible bajo el supuesto de que lleva a cabo aquella acción.

«Bomba de dinero»: Es un argumento que muestra que una persona cuyas preferencias, o cuyas creencias sobre las probabilidades de los acontecimientos,
no satisfagan los postulados de la Teoría de la Decisión Racional, podrá tomar decisiones que la lleven a estar en una situación cada vez peor.

Rol: Un conjunto de normas o pautas de acción que, en una determinada situación social, se espera que serán obedecidas por los individuos que
ocupan cierta posición en ella.