​​TEMA 7. Límites del concepto de racionalidad.

El estatus científico del principio de racionalidad. ¿Es siempre racional ser racional? Modelos de individuo y cuestiones epistemológicas. Decisiones "irracionales". Filtros informativos y membranas selectoras activas. Capacidades, epistemología y base "fisiológica".
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1. El estatus científico del principio de racionalidad


A partir de una determinada estructura de la teoría del ser humano racional, se nos plantea el problema de su posición en el seno de la ciencia social, es decir, se nos presenta el problema del estatus científico de la misma teoría de la racionalidad. De inmediato, reaparece la discusión entre realismo o antirealismo y el problema del monismo y el pluralismo. En el primero de esos asuntos, la cuestión es si tomamos la teoría del ser humano racional como un conjunto de enunciados verdaderos o falsos. Estos enunciados nos hablan de cómo son las cosas en el mundo, aunque puedan no ser observables (Petit, 1978; y Hookway y Pettit, 1977). El segundo debate se produce una vez que consideramos que el conjunto de proposiciones, que planteamos como estructura de la teoría de la racionalidad, viene a ser a la vez una adscripción de actitudes proposicionales a los sujetos cuya conducta tratamos de explicar. Y si, con Quine, aceptamos que no hay objetos tales como las proposiciones que sean independientes del lenguaje, sino que son específicas e internas al lenguaje, sería conveniente establecer cierta presunción sobre el pluralismo de nuestra propia teoría sobre la racionalidad.Desde esa complicada y discutida situación en el seno de las teorías científicas sobre la sociedad, intentemos comprender por qué pocas palabras atraen más el interés de los filósofos y de los científicos sociales que la palabra "racionalidad". Raymond Boudon (Boudon,1993) en "Hacia una teoría sintética de la racionalidad", propone dos tipos de razones que pueden explicar la enorme producción de ensayos sobre el tema de la racionalidad por parte de sociólogos, filósofos y economistas. Una de tales razones tiene que ver con que tratar de definir la racionalidad, y construir una teoría de la racionalidad, es el tópico más decisivo de las ciencias sociales y humanas, puesto que es bastante obvio que todas las ciencias sociales y psicológicas tienen un objetivo principal: explicar la conducta, lo que con mucha frecuencia significa encontrar las razones que están detrás de ella. Pero, es importante atender a la segunda consideración señalada por Boudon. Puede que los escritos sobre racionalidad proliferen ya que las dos principales corrientes que hoy abordan el tema de la racionalidad resultan claramente insatisfactorias. Ninguna parece poder generalizarse porque aparecen tipos de conducta fácilmente identificables que no parecen explicables mediante ninguno de esos dos modelos. Por supuesto que se refiere Boudon al modelo del homo sociologicus y al del homo oeconomicus. La explicación de la conducta atendiendo básicamente a la presencia internalizada de normas y valores constituye el núcleo tradicional del modelo sociólogico; para ofrecer una explicación causal trata de localizar las causas y no las razones de la conducta. El modelo sociológico busca causas y resulta más bien arracional. Se puede aceptar sin problemas que resulta ser un ingrediente necesario en la explicación de ciertas conductas, pero también parece fácil sostener que este modelo es siempre insuficiente como explicación de la conducta. El segundo modelo, que solemos identificar principalmente con el utilizado en la ciencia económica, considera siempre a la conducta como intencional y pretende que las acciones y decisiones deben explicarse siempre por el deseo de maximizar (bajo ciertas constricciones) la diferencia entre costes y beneficios. También es conocido extensamente el ámbito limitado de conductas que se consiguen explicar mediante este modelo (Álvarez, 1992). Cuando hablamos de elección racional nos estamos refiriendo a ese tipo de propuesta fundamentalmente aplicada por los economistas. Resultaría sumamente interesante estudiar las condiciones históricas de posibilidad de esta perspectiva, muy relacionada con el desarrollo del utilitarismo, de la economía política, y de ciertas tendencias ilustradas con su énfasis en el individuo y la tradición democrática. Los temas centrales de la elección racional están plenamente incorporados en los componentes políticos, éticos y epistémicos de las principales tradiciones de la filosofía occidental como, por ejemplo, ha señalado extensamente Neil Smelser (1992). Pero en los últimos cincuenta años se han producido toda una serie de desarrollos que han hecho decir a algunos que la teoría de la elección racional es una de las grandes contribuciones del pensamiento social en el siglo XX. Tanto es así que en la introducción que hacía James Coleman en 1989, al primer número de la revista Rationality and Society, decía:
Hay un paradigma en la ciencia social que ofrece la expectativa de producir una mayor unidad teórica entre las disciplinas que la que ha existido hasta ahora. Este es el paradigma de la acción racional. Es un paradigma sobre el que descansa la teoría económica. Constituye la base para el dominio expansivo de la elección pública dentro de la ciencia política. Es el paradigma del campo naciente del Derecho y la Economía (Análisis económico del Derecho). La racionalidad considerada como una línea básica desde la que se estudian las desviaciones domina el campo de la ciencia cognitiva. La teoría del intercambio social es una de las manifestaciones de este paradigma en sociología.

Sin embargo todo ello ha producido también un fuerte debate sobre la naturaleza, el valor, el significado, el campo de aplicación y las limitaciones de los modelos de elección racional aplicados en las ciencias sociales. El mismo Smelser consideraba que estos debates prometían ocupar una posición central durante los años venideros. Aunque sea conveniente criticar el simplismo y el "afán imperialista" de esa metodología del individuo racional, parece más interesante reflexionar sobre los límites internos de la teoría que disputarle sus éxitos. Si bien es posible criticar los afanes generalizadores, sin embargo se acepta habitualmente que la teoría de la elección racional y particularmente la rama correspondiente a la interacción intencional producida entre agentes intencionales, es decir lo que se conoce con el nombre de teoría de juegos de estrategia, permiten desarrollar ciertos análisis que están más cerca de lo que entendemos por un formalismo lógico que por una teoría substantiva. Esto es tanto como decir que muchas de las críticas sobre el uso de la teoría de juegos suelen errar porque realizan una crítica ideológica de una herramienta formal. Sin embargo en el terreno de las limitaciones del formalismo hay mucho que decir, que corregir y que criticar, para lo que resulta conveniente recordar algunas nociones de racionalidad individual con la que trabajamos en ciencias sociales. El modelo de acción que con frecuencia se denomina el modelo de elección racional, identifica al individuo con un conjunto de objetivos y considera a la acción como racional como la que mejor satisface esos objetivos. Sin duda no es el único sentido de acción racional individual. Hay otros sentidos que complican la relación entre acción y los objetivos. Por ejemplo, la acción puede estar atenta a la conformación de los fines perseguidos o a decidir sobre ellos, o a analizarles, además de preocuparse por elegir los medios más eficientes para lograr algún conjunto dado de fines. La imagen de individuo que aparece en estas otras versiones es más abierta que la instrumental. Las personas aparecen como menos seguras de sus objetivos y del entorno sobre el que operan, aparecerán como menos autónomos pero más activos y más escrudiñadores que los individuos que están completamente descritos por un conjunto de objetivos bien definidos (Hargreaves Heap, 1989). Por supuesto que estás otras versiones han aparecido bastante más difíciles de tratar desde el punto de vista matemático y formal que la teoría de la elección racional. Sin embargo se pueden pensar otros tipos de acción racional, por ejemplo, la llamada procedimental (que actúa según el papel o vinculada a normas o reglas) y la expresiva (existencial o autónoma). Lo que interesa señalar es que desde lugares muy diferentes, desde tradiciones muy diferentes, se viene produciendo un debate que trata de incorporar estas nociones, heredando cierto tratamiento conceptual riguroso.

1.1. La racionalidad procedimental y la racionalidad expresiva


La racionalidad procedimental distancia la acción de los objetivos, al permitir que las acciones sean guíadas por reglas de procedimiento. Por ejemplo para evitar los costos de la recogida de información es muy frecuente el uso de reglas de procedimiento, en lugar de proseguir buscando más información que supuestamente nos podría conducir al curso óptimo de la acción. Así interpretada (H. Simon) hay quienes la han pensado como cierta variante o sustituto de la racionalidad instrumental, porque trata de satisfacer algún objetivo pero teniendo en cuenta los costes de la recogida de información, en lugar de pretender seguir buscando el camino óptimo.
Otros ejemplos de aplicación de la racionalidad procedimental podrían ser el decaimiento de un derecho de un particular a reclamar una indemnización una vez transcurrido el plazo legal para hacerlo, y la práctica que se llevaba a cabo en la India hasta hace pocos años de que la viuda era quemada en la pira funeraria de su marido difunto.

Sin embargo, cuando se trata de reglas compartidas entramos en una vía bastante alejada de la racionalidad instrumental, como ocurre con ciertas normas que, por ellas mismas, pueden producir razones para la acción. Así se pueden entender algunas de las explicaciones que encontramos en antropología, sociología o en ciencia política.
Otra variante de la acción racional es la que podríamos llamar racionalidad expresiva. En este caso se complica también la relación entre acción y objetivos pero ahora porque consideramos a las personas autoreflexivas. Los individuos son capaces de deliberar y de elegir los fines que desean perseguir; este concepto aparece como un ingrediente importante de las discusiones en antropología, en teoría política y sin duda en ciertos ambitos de las ciencias sociales evaluativas como es el caso de la economía del bienestar.

Un ejemplo de racionalidad expresiva podría ser el acto de quemarse a lo bonzo que lleva a cabo un padre en protesta por la retirada de la custodia de su hija en un proceso de divorcio.

Existen numerosos intentos recientes que, por así decirlo, tratan de completar, poner añadidos o ampliar la noción de racionalidad instrumental. Hay un tipo de crítica de la noción de racionalidad instrumental que se dirige a su pretensión de constituir o de cubrir el completo campo de la racionalidad. Desde luego algo es instrumentalmente racional con respecto a objetivos, deseos, fines, y utilidades dadas cuando es causalmente efectivo para conseguirlos o satisfacerlos. Pero esa noción no nos ofrece ninguna manera de evaluar la racionalidad de esos objetivos, de esos fines, excepto por considerarles instrumentalmente eficaces para otros fines. R. Nozick (1993) ha tratado de dar algunos pasos hacia una racionalidad substantiva de los deseos y los objetivos. No tanto ofreciendo una teoría particular, es decir las condiciones particulares que tendrían que darse para ello sino más bien mostrando que hay un espacio para cierto tipo de condiciones y ciertas lineas de movimiento para ir un poco más allá de Hume. Obviamente la cuestión que aparece en todas las expansiones que se han propuesto es que la noción de racionalidad instrumental es muy potente y muy natural. La mayoría de las pretendidas propuestas de ampliar la idea de racionalidad, mantienen la racionalidad instrumental como parte de ellas. Al decir de Nozick, con una adecuada imagen, la racionalidad instrumental está en la intersección de todas las teorías de la racionalidad (y quizá no es sino eso). En cierto sentido, la racionalidad instrumental es como la racionalidad por defecto, aquella que todos dan por garantizada. En este aspecto ocurre que esta teoría parece no necesitar justificación porque viene a ser el punto de partida. Cualquier otra teoría precisa justificar que el asunto del que trata es efectivamente racionalidad. Sin embargo hay que señalar que si otros modos de racionalidad no pueden justificarse a sí mismos sin circularidad, lo mismo cabría decir de la racionalidad instrumental (Nozick, 1993: 134).

2. ¿Es inteligente ser racional?

Parece interesante reflexionar con otros términos como el de acción inteligente en vez de restringirnos a la noción de acción racional (Alvarez, 1992). Este camino nos conduce a adoptar la idea de imperfecta racionalidad como una base mínima común para la comprensión de la acción. Es una propuesta que se vincula estrechamente con una noción elaborada de información y de los procesos argumentales, que adquieren importancia en este intento de exceder a la racionalidad de la elección racional. Amartya Kumar Sen (es un autor cuya reflexión resulta muy importante para esta orientación. Hace ya unos cuantos años años que Sen, en su artículo "Los imbéciles racionales" (Rational Fools, 1976) decía:

[...] el hombre puramente económico es casi un retrasado mental desde el punto de vista social. La teoría económica se ha ocupado mucho de este imbécil racional aposentado en la comodidad de su ordenamiento único de preferencias para todos los propósitos. [Nota: el destacado es nuestro.]

Ciertos partidarios optimistas de la racionalidad instrumental, cuando no resultan simplemente ingenuos, sostienen que nuestra situación social queda bien caracterizada mediante otra noción: la racionalidad incompleta. Suponen que la acción racional resultante de elegir una vía de acción que optimice la obtención de nuestros fines o aspiraciones a partir de los medios disponibles, es decir, la racionalidad instrumental o racionalidad estratégica medios-fines, no está suficientemente generalizada (la racionalidad es incompleta) y, para corregir la mayor parte de nuestros males, deberíamos tratar de ampliar los ámbitos que queden cubiertos por ese tipo de acción cuyo modelo básico resulta extraído de su uso en la ciencia económica. Por ejemplo, si se corren determinados peligros por la ausencia de atención a ciertos bienes públicos, como ocurre con la variedad genética, lo que se requiere es privatizar la propiedad de esos bienes para que opere la lógica del beneficio y sea posible la aplicación de la racionalidad instrumental a ese ámbito: será, por tanto, conveniente privatizar los animales en peligro de extinción, así como establecer patentes sobre el genoma, al mismo tiempo se propone pasar a manos privadas las aguas y los bosques para que todos esos ámbitos vean reinar la racionalidad instrumental que actúa en el mercado y que se manifiesta en la eficacia de la acción individual[[#_edn1|.]]

Se nos propone generalizar ese tipo de racionalidad instrumental a todos los ámbitos de nuestra acción, entre otras cosas porque la racionalidad es una y esa "técnica" de optimización entre medios y fines es la única existente y eficaz. Así, esta ampliación sistemática, resultaría ser el remedio de todos nuestros males. Un caso bien característico de tal ingenuidad lo conforman quienes suponen que toda dificultad surgida por la aplicación de una "técnica" se resolverá encontrando otra mejor, que además se adaptará al mismo modelo general de acción instrumental. La misma idea de racionalidad incompleta tiene así una importante componente que cabe calificar de rígida hiperracionalidad, debido a que da por sentado, entre otras muchas cosas que no cuestiona, la existencia y la unicidad de esos cursos óptimos de acción, cuestión que está lejos de ser el caso.

Por el contrario parece más ajustado y, en todo caso, preferible, caracterizar nuestra situación a partir de una noción proteica, más amplia e imperfecta de racionalidad. Aunque en algunos casos pueda resultar interesante ampliar el ámbito de aplicación de la racionalidad estratégica, ocurre que esta racionalidad medios-fines no logra dar razón plena de muchas de nuestras acciones intencionales a las que, sin embargo, parece adecuado caracterizar como racionales[[#_edn2|. ]]
No es difícil mostrar la debilidad argumental que aparece al entender exclusivamente por acción racional la elección de un curso óptimo de acción, considerando como datos un conjunto de creencias, un marco de evidencia y, supuestos fijos y estables, unos deseos o aspiraciones que tratamos de satisfacer. Para mostrar cuando menos su inadecuación empírica basta analizar la conformación adaptativa de las preferencias, proceso que ha sido llamado mecanismo de las "uvas verdes"[[#_edn3|, y que se corresponde en el plano de las preferencias con l]]o que en el terreno de las creencias puede llamarse pensamiento desiderativo, o pretensión de que la realidad se conforme según nuestros deseos. En suma, no son pocas las situaciones conectadas con los procedimientos de reducción de la disonancia cognitiva, estudiados por la psicología contemporánea, que señalan reservas importantes a la noción simple de racionalidad instrumental.


3. Modelos de individuo y cuestiones epistemológicas

Se puede detectar una conexión estrecha entre algunos problemas surgidos en el análisis de lo social y ciertos problemas generales epistemológicos. Por esta razón parece oportuna una reflexión sobre la necesaria ampliación del modelo de individuo con el que trabaja las ciencias sociales. Cierto uso del concepto de información, junto con la idea de filtros informativos y, sobre todo, el atender a los aspectos dinámicos de la interacción social puede ser parte de un instrumental analítico que ayude a conformar ese modelo más complejo de individuo. A partir de ahí se podrá observar cierta analogía entre algunos problemas epistemológicos y determinadas cuestiones del método en ciencia social.
Los teóricos de la elección racional exageran, a veces hasta rozar el absurdo, cuando nos presentan una imagen del homo economicus entendido como un mecanismo de optimización que procede a calcular incluso en las actividades más íntimas y pasionales como puedan ser el matrimonio, el suicidio, la administración de drogas o el ir a la Iglesia. Esta crítica ha sido señalada por Jon Elster al comentar la obra del Nobel en Economía de 1992, Gary Becker, a quien, obviamente, considera como el exponente máximo de ese tipo de tratamiento. Elster opina que el papel de Becker y su escuela en las ciencias sociales se resume perfectamente en uno de los Proverbios del Infierno de William Blake: "Nunca sabes lo que es suficiente a menos que sepas lo que es mas que suficiente" (Elster, 1993: 139)
Otros autores toman otra dirección pero van también demasiado lejos al negar la capacidad de deliberación, de anticipación y decisión del agente social (por ejemplo, según el análisis que hace Elster, así ocurre con A. Tocqueville). Sin embargo, uno de los caminos por donde transita parte de lo específico de las ciencias sociales consiste en el intento de la articulación en un mismo modelo humano de esos dos aspectos. El primer componente de ese modelo consiste en considerar a un individuo racional capaz de reflexionar y de elegir y, por otra parte, el segundo componente observa al individuo como soporte pasivo de tendencias causales, que pueden operar a su espalda, sean estas tendencias producidas desde su interior o bien se trate de procesos de conformación externa del conjunto de oportunidad que, por ello mismo, actúan sobre las creencias del individuo.
Esa doble articulación, que de manera parecida defienden R. Boudon y J. Elster, puede aparecer con mayor plausibilidad si nos proponemos configurar un modelo de individuo que no sea un individuo plano, simple, con una estructura lineal de preferencias totalmente ordenada que esté orientada a satisfacer su función de utilidad conectada con su interés propio. Esta doble articulación se puede asociar con la propuesta de Jordi Mundó de reconocer que existen capacidades cognitivas innatas que trabajan con información exterior, procesándola e incorporándola, una interacción entre dos componentes.
Por el contrario es conveniente modelar un individuo que pueda ser consciente de otros procesos que actúan o influyen en su decisión, incluso que pueda llegar a comprender resultados que se dan causalmente y por encima de su intencionalidad (efectos de composición, resultados laterales no intencionales, "efectos perversos", términos de Raymond Boudon, que pueden actuar a "sus espaldas"), y, que además pueda dar cuenta de procesos que se dan al interior de los individuos mismos en un ámbito que podríamos llamar de causalidad subintencional. Este individuo va a necesitar un mayor caudal informativo y debemos incorporar en su modelo la posibilidad de adoptar procedimientos que permitan la resolución de su curso de acción en casos que exceden a la teoría de la elección racional. Principalmente será conveniente fijarse en aquellos casos en los que parece que la acción no se puede comprender como resultado existente y único derivado de la optimización de la relación entre creencias y aspiraciones, de acuerdo con la evidencia disponible. A este individuo que trata de modelar esos componentes es al que me gusta llamar inteligente o individuo con racionalidad imperfecta.

Para caracterizar nuestra propuesta sobre la racionalidad, y para analizar los problemas que aparecen en la toma de decisión y en la elección social, resulta muy conveniente que atendamos al análisis de los componentes informativos de este proceso.

4. Decisiones “irracionales”

En el tipo de situaciones modeladas según el dilema del prisionero, lo normal es insistir en el estudio de la aparición del resultado colectivamente irracional fruto de una conjunción de acciones individualmente racionales, como es también lo normal en situaciones de provisión de bienes públicos debido a la aparición del gorrón (free-rider) que se aprovecha de la acción colectiva pero no contribuye a su realización o, como es también conocido, en situaciones como las paradoja del votante o de Condorcet (el coste individual en bienestar es muy superior a la incidencia del voto individual, parecería que lo normal sería abstenerse). Por el contrario lo que nos va a interesar estudiar a nosotros es cómo ocurre que, sin embargo, se puede tomar "racionalmente" una decisión que logre superar el subóptimo colectivo al que parece conducir la actuación plenamente racional de los participantes en esa interacción estratégica.
En diversos lugares, en particular en "Honour among Thieves" (Honor entre ladrones), Martin Hollis ha estudiado y criticado diversas soluciones que se han propuesto para explicar las formas mediante las que se produce una solución diferente a la prevista por la modelización del dilema del prisionero. La situación de modelización supone un tipo de interrelación en la que hay una estrategia dominante resultado de considerar a los individuos dispuestos a ejercer su racionalidad instrumental, con la que atienden principalmente a la obtención de su máximo de utilidad, llegando a consecuencias que son peores para cada uno.
Pero la realidad empirica nos demuestra que no siempre se actua de acuerdo a ese modelo de accion, que no tenemos esa estrategia dominante para obtener la "maxima utilidad", incluso muchas veces se habla de "acciones altruistas", aquellas que muchas de las veces va "contra nuestros propios beneficios " en aras del bien comun.
En este sentido puede tener interés el análisis de la propuesta de Chirstakis y Fowler, quienes hablan de homo dictyous como alternativa al homo oeconomicus,
desde una visión de la naturaleza humana que tiene en cuenta los orígenes del altruismo y del castigo, y también de los deseos y repulsiones. Esta perspectiva permite dejar de lado el interés propio como motor de todo, dado que hemos evolucionado de manera que nos importan los demás (como mínimo nuestra descendencia) y que tenemos en cuenta su bienestar al tomar decisiones sobre cómo actuar. La propuesta incluye la integración de manera formal de un elemento esencial en la comprensión de los deseos de los individuos: los deseos de aquellos que nos rodean. Es decir, que lo que quieren los individuos con los que estamos conectados, influye en lo que nosotros queremos o acabamos queriendo.
[Christakis NA, Fowler JH. conectados. de. Taurus. Madrid, 2010, pp: 232-233],

La mayoría de las soluciones propuestas creo que fallan por no atender suficientemente a los componentes informativos ya sea por opacidad del proceso de interrelación ya sea por simplicidad del modelo de los individuos.
Se trata de comunicarse, de conseguir que los individuos produzcan información y que nuestro modelo la incorpore. Hace falta que comprendamos también que es posible la aparición de algún filtro informativo que permita (o en su caso "bloquee") el paso de información externa , unas veces relevante y en otros casos no tanto,para ese proceso o de porciones determinadas de la información que se genera en el mismo proceso. Este elemento informativo me parece central para dar cuenta de cómo, con nuestra imperfecta racionalidad, o "inteligencia" ( capacidad de resolver problemas "nuevos", en nuevas "situaciones", que no se ajustan a los modelos previos que teniamos en mente) producimos un tipo de acción colectiva que, aunque no sepamos si se corresponde con un óptimo social, sin embargo, a partir de su presencia podemos suministrar algunos mecanismos que traten de explicar aspectos de la acción colectiva y de la provisión de los bienes públicos.

5. Filtros informativos y membranas selectoras activas. El caso de las emociones

Los filtros informativos, que pueden incluir a nuestras emociones, a ciertos sesgos cognitivos e incluso a nuestros valores, atienden y consideran como relevante cierto tipo de información pero tan importante como esa información que dejan pasar es la información cuya circulación impiden y el tipo de cosas que no incorporan (Sen, 1985). Si en lugar de utilizar una metáfora física pensásemos los filtros informativos como membranas semipermeables, por utilizar una metáfora químico-biológica, podríamos perfilar mejor nuestro modelo de ser humano. A diferencia de una simple idea de criba o filtro, interesa destacar que la membrana es activa y selectiva, que introduce una restricción de la variedad y que su actuación es sensible al contexto. Igual que la membrana plasmática filtra y regula la entrada y salida de sustancias, transportando activamente compuestos en una u otra dirección, abriendo o cerrando canales iónicos según convenga, para que en el citoplasma mantenga las condiciones adecuadas para la vida, nuestras membranas emocionales y valorativas dejan pasar cierta información quedando otros aspectos fuera del ámbito de análisis. Pero debemos fijarnos en que las condiciones materiales de realización del acuerdo no aparecen sólo como dadas desde el principio, situación que se podría caracterizar en términos de estructura, sino que en el proceso de avance de la interacción se genera nueva información y cuando ésta se organiza pueden aparecer nuevos filtros informativos o selectores de información (generación “casi intencional” de la emoción o nuevos valores emergentes). Nos encontramos así ya muy cerca de la noción de estructuración (A. Giddens).
Si nos limitáramos a incorporar todos los estímulos provenientes del exterior, sin ningún criterio ni estructuración, no habría forma de extraer su significado. El haz de luz que llega al ojo, por ejemplo, ha de ser enfocado sobre la superficie retiniana para poder identificar su procedencia, medida sus intensidades, separadas sus componentes cromáticas según las longitudes de onda... Pero esto sigue siendo una maraña de datos sin sentido, es necesario identificar bordes, límites, distancias, formas, colores, sombras, movimiento... La complejidad de estos procesos solo se ha podido apreciar cuando los ingenieros se han enfrentado a los sistemas de visión artificial, lo que las optimistas apreciaciones de los comienzos de la inteligencia artificial suponían un asunto trivial se ha convertido en un problema irresoluble. Y todavía no hemos salido de la retina, aún queda un largo y complejo camino por las diferentes estructuras cerebrales (el tálamo, el lóbulo límbico, la corteza visual primaria, asociativa, etc.) donde la información visual tendrá que ser estructurada progresivamente, integrada con información de otros sentidos y de la memoria (experiencia), e interpretados hasta adquirir significado.
En todo este complejo proceso, los datos son filtrados, seleccionados, jerarquizados, estructurados, relacionados, interpretados, regulados… En una palabra: construidos, de la misma manera la célula, mediante la membrana plasmática, filtra, selecciona, jerarquiza, estructura y regula los intercambios a su través, construyendo así el medio interno, es decir, construyéndose a sí misma.
La cuestión no radica solamente en comprender la no unicidad de una solución cooperativa que es a lo que normalmente se atiende en teoría de juegos. Ocurre también en muchos casos que es inexistente el curso óptimo de acción; sin embargo la misma multiplicidad, siendo algo más débil que la inexistencia, puede señalar a la presencia de incertidumbres. Los vínculos existentes entre esa incertidumbre y la libertad para estructurar un espacio de acción mediante lo que llamaremos racionalidad procedimental o procesual, que señala como ciertas normas y reglas nos ayudan a determinar el curso de acción que elegimos, pueden así verse como un proceso dinámico, como un mecanismo de restricción que, de todas formas, añade "información" a nuestro campo porque esa restricción es justamente restricción de la variedad.

6. Capacidades, epistemología y base “fisiológica”

La variedad potencial posible, entendida como referente práctico de la interacción, es un concepto que tiene muchos rasgos en común con la noción de capacidades potenciales. Esta última ha sido utilizada por A. Sen en su reflexión sobre los fundamentos de la teoría económica del bienestar.
Si queremos estudiar el papel de x en el bienestar del individuo, debemos tener en cuenta el conjunto global de elecciones, no basta con referirse exclusivamente al bien x sino tener en cuenta que x se extrae del conjunto S. El bienestar está vinculado al par x,S y no solo a x. Aparece así un camino para vincular las necesarias expansiones de la teoría de la elección social a las necesarias ampliaciones de la noción de racionalidad. Ambas resultan ineludibles en el campo de la teoría económica y obviamente son indispensables para la filosofía política.
Sen defiende una forma especial de análisis de la igualdad, y para ello propone analizar la situación individual a partir de la libertad para alcanzar algo, una propuesta que incorpora pero que va más allá de las conquistas efectivas o de logros concretos. En diversos contextos como en la evaluación del bienestar individual, estas condiciones pueden verse en términos de la capacidad potencial para funcionar de determinada manera, que es una noción que incorpora las formas concretas de actuación que puede lograr una persona. El proceso de elección racional se produce por y entre individuos que tienen unas dotaciones de "capacidades potenciales para funcionar", a partir de las cuales se abre la posibilidad de realizar determinados acuerdos durante el proceso de interacción. Aparecen así diversas posibilidades de establecer normas y de conformar de distintas maneras el contexto, a la vez que las normas pueden aparecer generadas por ese mismo contexto. Pero además, como los individuos pueden valorar el ser sujeto agente de la selección de entre sus capacidades potenciales, el proceso de interacción va aún más allá de la racionalidad instrumental y de la racionalidad procedimental.
En el proceso de interacción el individuo puede valorar y querer expresar el tipo de opción que definitivamente elige dentro de ese conjunto de capacidades potenciales; lo valora porque "lo hace el mismo", él es el agente. El individuo no quiere mentirse a sí mismo, ni mucho menos puede hacerlo conscientemente porque es esta una actividad autocontradictoria. Estamos viendo aparecer ya lo que podríamos llamar racionalidad expresiva, que de hecho parece tener aspectos en común con ciertos temas de la racionalidad comunicativa.
En la clasificación de las situaciones particulares siempre puede quedar una pluralidad residual. No tenemos porque exigir una ordenación total de las preferencias. A veces se realiza cierta combinación evaluativa para producir una unificación, pero puede permanecer un residuo de pluralidad. De hecho es un problema central en teoría de la decisión y en la teoría de la elección social, y puede surgir en muchos contextos. Diversas líneas se han propuesto para abordar las exigencias de una decisión razonada a pesar de la ambiguedad residual (conflictos no resueltos). Entre otros autores, Isaac Levi en Hard Choices ha tratado de analizar este asunto en diversos campos (ética, epistemología). Como dice A. Sen, una línea no muy ambiciosa es la avanzada por él mismo en On Economics Inequality: se trata de seleccionar una clasificación parcial compartida en la que todos los rasgos deseables se muevan conjuntamente. Una intersección parcial pone a X sobre Y si x es mejor que Y de acuerdo con todos los rasgos deseables. Las técnicas de intersección y dominancia no solo son consistentes sino que nos pueden hacer avanzar algo en temas substantivos. La intersección no anula el estudio de todo rasgo deseable. Pero si un determinado par entra en conflicto el par debe quedar sin clasificar. Mas información puede hacer superar el conflicto anterior. Entonces el orden parcial puede ser extendido ordenando pares que no se podían clasificar anteriormente. El orden parcial siempre es tentativo, provisional, abierto a extensión si se encuentran razones para revisar las pluralidades relevantes (eliminando rasgos o combinando determinados aspectos). Es cuestión de admitir en ciertos casos una incompletud fundamental o básica. Tratar de "completar" los ordenes parciales puede ser un grave error. Aún cuando se sea bastante incompleta el pretender forzar la completud puede ser bastante negativo. El parloteo, dice Sen, no es siempre superior a mantenerse callado en asuntos que son poco claros y dificilmente decidibles.
Para completar nuestra perspectiva sobre las nociones de racionalidad es conveniente señalar algunas conexiones entre este tipo de planteamientos y otros problemas genéricamente epistemológicos. Así, por ejemplo, algunas formas de razonamiento, particularmente las caracterizadas como inductivas, se han relacionado a veces con nociones procedentes de la teoría de juegos. Los primeros intentos (A. Wald) no pasaron de vincular el razonamiento inductivo a la busqueda de una estrategia maximin jugada contra la naturaleza, es decir, el jugador se comporta según su estrategia de seguridad maximizando la mínima ganancia posible. Las conexiones no fueron más allá de relacionar esa estrategia con las diversas nociones de equilibrio en los juegos de estrategia y, en definitiva, se desarrollaron principalmente por vía de la teoría de la inferencia estadística y con una perspectiva estática que discutía el equilibrio del juego sin tener en cuenta el proceso de equilibración mediante el cual se supone que se llega al equilibrio. Quizá esa orientación estática era la que hacía poco interesante para los problemas epistemológicos el uso de la teoría de juegos, y por ello se produjo cierta reducción de su uso para la reflexión sobre temas epistemológicos.
Sin embargo, ciertos desarrollos recientes en la teoría de juegos, junto a la renovación de la discusión epistemológica que se apoya en la teoría de la decisión, permiten pensar en una reconsideración de temas tradicionalmente epistemológicos desde una perspectiva procedente de la teoría de juegos. En particular los trabajos que se vienen haciendo, sobre la propia fundamentación de la teoría de juegos (K. Binmore), sobre elección dinámica y sobre deliberación racional, son todos materiales que permiten cierta reconsideración de la noción de argumentación desde la teoría de juegos y, como elemento derivado, ofrecen al menos una nueva forma de hablar, cuando no una nueva perspectiva, sobre temas como el de la inducción, la explicación científica y, por supuesto, sobre la interacción social. Además, esta reconsideración es la que me parece relevante para abordar el tema de la acción social desde la teoría de los juegos aplicando algunos desarrollos recientes de la teoría que parecen hacerla menos rígida.
Una adecuada comprensión del proceso de argumentación requiere algo más que observar una conexión entre conjuntos de secuencias de enunciados (E. Bustos). De igual manera la interacción requiere algo más que individuos con una estructura lineal de preferencias bien definidas y ordenadas. Si no queremos reducir la argumentación a una presentación sintética de lo que ya es nuestro conocimiento, tendremos que fijarnos en que durante el proceso argumentativo se produce un cambio de nuestra situación cognitiva, de nuestros estados de creencias, de manera que los compromisos que establecemos con nuestro conocimiento han cambiado; concluida la argumentación estamos, sea real o pretendidamente, en un estado cognitivo diferente, y precisamente en un nuevo estado donde se ha incorporado la conclusión del argumento como parte de nuestro nuevo estado de creencias. Una paralela corrección sobre la interacción social permitiría precisar los procesos dinámicos de adopción de creencias y los compromisos que transforman los estados de los individuos que han interactuado.
Si los individuos tienen que iniciar el debate desde un conocimiento común compartido por lo que se refiere a su propia racionalidad, y constituida la racionalidad exclusivamente por la consistencia de la elección, la ausencia de análisis sobre la génesis de las propias creencias hace que sea imposible comprender el acceso al equilibrio, salvo que estemos en un universo completamente cerrado. La presentación extensional pretende representar las transformaciones de nuestros estados de conocimiento en las diversas fases de la argumentación, mediante lo que podremos llamar transiciones de estado de conocimiento; como ha señalado B. Skyrms (1992: 104):

[...] para que la deliberación no sea trivial, debemos mantenernos en una situación de incertidumbre por lo que se refiere al lugar a donde nos va a conducir la deliberación. Si sabes a donde vas, ya estás allí. Por tanto para que la deliberación genere información mediante la computación, el resultado de la computación ha de ser inicialmente incierto.

Precisamente la atención a la conformación de las creencias de las que partimos, la reflexión sobre el software que aplicamos y sus posibles transformaciones a medida que avanza el proceso deliberativo, nos hace decir que cualesquiera que sean los problemas de la inducción científica seguramente están representados por algo mas que por la "trivial manipulación algebraica llamada regla de Bayes" (Binmore, 1992: 142).
Cuando parece interesante proseguir una investigación y desarrollar una argumentación es cuando no conocemos el resultado. Buscamos algo inesperado que suministrará cierto grado de sorpresa; si se tiene de antemano el resultado no parece razonable argumentar. Ni siquiera en la sistematización deductiva está ausente ese grado de sorpresa, de obtención de lo inesperado. Hasta en la demostración más simple se olvida momentáneamente la verdad de la consecuencia para poder "obtenerla". La argumentación surge en un terreno parecido a aquel en el que, como recuerda I. Levi, Dewey consideraba la necesidad de la teoría moral: es necesaria cuando hay conflicto entre valores; si conocemos el bien no tenemos nada que analizar sólo nos queda practicarlo. Cuando aparece un conflicto entre valores es cuando se precisa la investigación moral.
El conflicto entre nuestro deber moral y la "tentación" presupone que la investigación moral sobre lo que es el bien está concluida, no albergamos duda sobre lo que debemos hacer. Sin embargo es entonces cuando aparecen los fenómenos relacionados con la debilidad de la voluntad. No es la debilidad de la voluntad el fundamento de la acción moral, más bien la teoría moral es anterior. Sin duda la incertidumbre de una situación plantea dificultades, porque son situaciones en las que se generan con facilidad situaciones de diversidad de elección, pero que una teoría, como la de la elección racional, no nos ofrezca una única salida bien definida no es problema si se presenta como teoría normativa porque posiblemente lo interesante es que nos sugiera líneas de admisibilidad de la acción. Precisamente es en un marco similar al de esos casos de indecisión de la teoría donde se pueden analizar los conflictos entre las diversas constricciones que sobre las opciones posibles dibujan los diversos compromisos de valor; la imposibilidad del cumplimiento conjunto de todas las ligaduras que establecen los compromisos de valor, sean cognitivos, epistémicos, morales, no señalan tanto la inconsistencia de las creencias del individuo sino el punto desde donde tras la suspensión temporal de aquellos valores en conflicto comienza el proceso de investigación, por tanto de argumentación y probablemente señala al espacio donde puede configurarse la acción social.
El problema se traslada por tanto a cuales son las condiciones para considerar racional un estado epistémico y con ello la reconsideración de la elección racional vuelve al centro de la cuestión porque aparece como básico estudiar los mecanismos de elección, no basta con estudiar el principio que rige u orienta la elección (sea el de la máxima utilidad esperada o cualquier otro) sino el proceso mismo de la deliberación, en cuyo proceso se pueden generar tendencias, sendas de la argumentación que se parecen más a las tradicionales propuestas de la retórica que a las de la lógica.
En la argumentación parece imprescindible introducir un elemento dinámico, fluido, que no se detecta en la forma estándar de la explicación. A pesar de su trivialidad es preciso atender a dos cuestiones importantes en la argumentación: por un lado tenemos los puntos de partida y de arribada de la argumentación, pero de otra parte debemos fijar también nuestra atención en el camino mismo. La tendencia dominante ha sido la de considerar el discurrir de la argumentación como un simple mecanismo regulado, sin embargo es muy importante observar la argumentación misma como productora de información para su propio despliegue. La argumentación no es un senda preparada de antemano para que discurramos por ella, no es tanto una trama fija que da estructura a los pasos argumentales cuanto una auténtica urdimbre que se va configurando en el proceso mismo de la práctica deliberativa.

Conceptos fundamentales


Decisión: Un problema de decisión se define por los actos u opciones entre los que uno debe elegir, los resultados o consecuencias posibles de estos actos y las contingencias o probabilidades condicionales que relacionan los resultados con los actos.

Estructuración de las decisiones: La estructura de la decisión es la concepción que tiene el decisor sobre los actos, resultados y contingencia asociados con una elección particular. Esa estructura está controlada parcialmente por la formulación del problema y por las normas, hábitos y características personal del decisor. Con frecuencia es posible estructurar un problema de decisión en más de una manera («Framing of Decisions», A. Tversky y D. Kahneman).

Racionalidad instrumental (sustantiva): Efectivo y eficiente logro de objetivos, deseos y fines por parte del actor, dentro de los límites impuestos por las condiciones y constricciones dadas.
Racionalidad «olímpica»: Racionalidad instrumental maximizadora de la utilidad esperada. Supone un individuo que tiene todas las capacidades cognitivas, temporales y computacionales para seleccionar la acción optimizadora de su utilidad (como los dioses del Olimpo)
Racionalidad limitada: Modelo conductual que sigue muy de cerca la racionalidad «olímpica», pero que considera que existe una enorme brecha entre nuestra noción normativa de racionalidad y nuestras conductas de hecho.
Racionalidad imperfecta: Propuesta que trata de incorporar en nuestros modelos teórico-normativos componentes causales (emociones, pasiones, limitaciones cognitivas) que contribuyan a acercar lo normativo y lo descriptivo.

Racionalidad incompleta: Propuesta de racionalidad frente a una situación social caracterizada por la insuficiencia de la racionalidad instrumental. La teoría de la decisión no puede modelizar todas las situaciones (por ejemplo, en casos de disonancia cognitiva o simplemente porque el agente no tiene claras sus preferencias): se trata de una racionalidad incompleta.
Idea que tienen los partidarios optimistas de la racionalidad instrumental de que ésta no está suficientemente generalizada, y que debería ampliarse a otros ámbitos. Da por sentado la existencia y la unicidad de los cursos de acción óptimos.

Racionalidad expresiva: Incorpora la propia acción individual entre los rasgos que valora el agente. Incorpora el rasgo reflexivo del agente que valora ser el mismo el actor.
Racionalidad procedimental: Se exhibe cuando la conducta es el resultado de una deliberación apropiada. La conducta es el resultado de alguna estrategia de razonamiento.
Racionalidad acotada: Las limitaciones cognitivas, computacionales y contextuales del individuo o del grupo, se resuelven mediante el uso de reglas de acción rápidas y sencillas. Intenta incorporar los aspectos procedimentales de la toma de decisiones. Con la racionalidad acotada estamos más limitadas a los procedimientos y a los objetivos. Objetividad: Resultado de una perspectiva desde un determinado y específico lugar, donde el individuo no es eliminable. (Amartya Sen)